Degradado
Todavía hasta hace tres meses —cuando estábamos en pleno Mundial de Alemania—, México se daba el lujo de ver por encima del hombro, desde su envidiable peldaño en el escalafón de la FIFA (elaborado a partir de sólo Dios sabe qué absurdos criterios) a países dueños de una rica historia futbolera.
Una cosa es que el “Tri” —es decir, la selección mexicana— ocasionalmente hubiera conseguido (casi siempre en partidos amistosos) victorias sobre rivales de abolengo como Inglaterra, Italia, Alemania y Holanda, por ejemplo… y otra muy diferente pretender llegar, por ese atajo, sin convertirse en el hazmerreír de Patolandia, a la conclusión de que México, futbolísticamente, ya podía proclamar su superioridad con respecto a esos adversarios.
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La FIFA, como de sobra se sabe, terminó por entender que sólo había una reacción digna ante las chanzas que suscitaban sus disparatadas clasificaciones: ruborizarse.
El siguiente paso fue anunciar, “urbi et orbi” (a Zurich y al mundo), la determinación de modificar sus criterios de designación. Y una de las primeras, lógicas, inevitables consecuencias fue —¡ay!— la degradación de México: del cuarto lugar con que llegó al Mundial de Alemania, al peldaño número 17 en que se encuentra hoy en día.
(A la moraleja de la historia puede, incluso, ponérsele música: “Ayer maravilla fui, Llorona, y ahora ni sombra soy”).
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¿Qué puede aducir México para exigir que se le clasifique por encima de Brasil, Francia, Argentina, Inglaterra, Italia (ganadores de campeonatos mundiales todos ellos), ocupantes de las cinco primeras plazas?… ¿Qué argumentos puede esgrimir para solicitar que se le ponga por encima de Holanda, la República Checa, Alemania, Portugal —que lo venció en el Mundial reciente— y España?…
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Podrá decirse que Nigeria, Camerún, Ucrania, Suiza, Uruguay y Dinamarca, que siguen en la lista, tampoco tienen nada tangible con qué sustentar que son mejores, futbolísticamente —como lo sugiere la clasificación para este mes— que México…
En todo caso quizá resulte saludable llegar a la conclusión de que si México desea ascender en el escalafón, debe esperar a que se presenten, en competencias formales, las oportunidades que el destino le ponga al alcance de la mano para ganarse en la cancha ese privilegio con resultados (no a base de saliva)… y reconocer, humildemente, que ya hizo bastante el ridículo usurpando, por años y felices días, plazas que le quedaban grandes.

