a proposito…
Histerias
El asunto se manejó como si se tratara de un incidente menor…
Se puso el acento en que el Toluca había conquistado el pase directo a la edición 2007 de la Copa Libertadores, merced a su victoria del miércoles sobre el América, en Houston, primero.
Se refirieron los incidentes del partido, después.
Se habló, a continuación, de la supuesta parcialidad del arbitraje hacia el América.
Se apuntó, también, del riesgo de que del plato a la boca se caiga la sopa: la posibilidad, en caso de que el Toluca resulte campeón del actual Torneo de Apertura, de que lo “premien” con la obligación de participar en el Torneo de Campeones de la Concacaf –decididamente arrabalero–, y lo marginen de la prestigiosa Libertadores.
Se consignaron las presiones que tanto los organizadores del Torneo Interliga (clasificatorio, precisamente, para la Libertadores) como la Federación Mexicana de Futbol resienten, para meter al Guadalajara, por el resquicio que se pueda –aunque eso represente pasarse por el arco del triunfo tanto los reglamentos de las competencias como los más elementales criterios deportivos–, con tal de no dilapidar los beneficios económicos que representa la simple presencia de las “Chivas” en el certamen.
En fin…
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En cambio, se minimizaron –o se soslayaron, de plano– dos hechos: uno, la desairada entrada que se tuvo en el estadio de Houston; y dos, la trifulca que epilogó el partido.
Lo primero debe conducir a que se busque una forma más digna de dirimir esas controversias deportivas, sin que resulte tan obvio, tan burdo, que sólo los patrocinios comerciales de las transmisiones televisivas hacen financiables esos viles “platos de segunda mesa”.
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Lo otro es más serio: el futbol no sólo se ha prostituido demasiado; también se ha contaminado excesivamente, no sólo de violencia sino de odiosos amaneramientos. Reacciones como la trifulca que rubricó el América-Toluca de la otra noche, van en detrimento, tanto de la gallardía que se requiere demostrar cuando se gana, como del deportivismo y la hombría de que hay que dejar constancia cuando se pierde.
La victoria puede ser lo mismo consecuencia lógica de un buen desempeño, que accidente del deporte –una actividad plagada de imponderables–. La derrota, en tanto, sin que deje de ser indeseable y dolorosa, tiene que ser, siempre, en vez de pretexto para desahogos histéricos, invitación a la corrección y la entereza.

